Las legiones perdidas


Las legiones perdidas
Las legiones perdidas
Año 154 a.C.
Roma cree haber recuperado toda su fuerza después de la última contienda con los celtíberos. Solo necesita una excusa para reanudar las hostilidades. La construcción de un nuevo tramo de muralla en Segeda es el detonante perfecto para la declaración fulminante de guerra, pues los trabajos vulneran los Pactos de Graco.
A la cabeza del ejército que debe destruir la capital de los belos viaja Quinto Fulvio Nobilior. Sin embargo, a su llegada, el cónsul encuentra la fortaleza vacía. Sus habitantes han corrido a refugiarse en la cercana Numantia. Cegado por la ambición, Nobilior decide asaltar la capital arévaca utilizando elefantes. Pero la maniobra se convierte en una escabechina para sus tropas. Abrumado por la derrota, emprende el regreso a Tarraco sin sospechar que su ataque ha desatado la tormenta. Por segunda vez en su historia, arévacos, titos, belos y pelendones se alzan contra el poder romano. La coalición de tribus sale al paso del cónsul antes de que este pueda abandonar Celtiberia.
Pelear o fortificarse a la espera de ayuda son sus únicas opciones. Tras tentar las fuerzas del enemigo, Nobilior escoge lo segundo. Pero lo que llega son las heladas, el hambre, las emboscadas y la muerte diaria. Porque nadie en Roma tiene noticias de un ejército desaparecido.
Solo un hombre puede evitar la aniquilación de ocho mil legionarios.
Además de legado, Cayo Biesio es hijo ilegítimo de Marco Porcio Catón, uno de los magistrados más influyentes del Senado. Nobilior pretende que su primer oficial haga valer el parentesco y organice la operación de rescate que saque a sus legiones del atolladero. La misión de Biesio se antoja imposible. Aunque logre romper el cerco celtíbero, después tendrá que reencontrarse con un padre que jamás ha querido prestarle nada, ni siquiera el apellido.