Química con el jefe
Química con el jefe
Química con el jefe
Un malhumorado y solitario multimillonario neoyorquino encuentra a su alma gemela en la mujer que le hace la cama (en más de un sentido).
Cuando el tío que está sentado junto a mí en el bar coquetea conmigo, con esa sonrisa canalla y un traje carísimo, no me doy ni cuenta de que estoy a punto de tener un rollo de una noche con el hombre que me muero por que me contrate.
Al día siguiente, después de esa aventura que pone mi mundo —y mi cuerpo— patas arriba, empiezo un trabajo de verano como doncella en un hotel de cinco estrellas, aunque estoy decidida a abrirme paso en el mundo de la tecnología. Mientras quito el polvo y dejo reluciente la Suite Park, entra el Señor Sonrisa Canalla con expresión gélida.
¿Por qué el hombre de la noche anterior, que era tan encantador —y tan bueno con la lengua—, se comporta de un modo tan antipático esta mañana? Cuando uno los puntos por fin, me doy cuenta de que el huésped de la Suite Park no es otro que Ben Fort, el magnate de la tecnología para el que quiero trabajar.
Ben ha mantenido oculta su identidad durante años, y quiere saber cómo lo he descubierto tan fácilmente. Mientras me interroga, no pierdo el tiempo diciéndole que es un gruñón —supersexy— al que le hace mucha falta relajarse… y que debería ofrecerme un empleo.
No quiero llegar a la cima saltando de cama en cama, y él no se fía de mí, pero ninguno de los dos puede resistirse a las chispas que surgen entre nosotros cada vez que le mullo las almohadas.